“Hay personas que no entran en diplomas ni discursos”: Joselo, el recordado portero de la Escuela 43

*Por Hernán Gerardo Duete


A veces las paredes guardan más memoria que las personas. En la Escuela Nº 43 “Gervasio Gómez”, cada ladrillo parece susurrar su nombre: Joselo.


Nadie lo llamaba José Antonio Acevedo. Para todos era simplemente él… el que llegaba antes que el sol y se iba cuando el silencio ya se había instalado en los pasillos. El que conocía cada rincón como si fuera parte de su propia casa. Porque en el fondo, lo era. Siempre decía “mi Escuela 43”, con ese orgullo callado de quien ama sin hacer ruido.


Se sentaba a veces en algún borde del patio, como en esas tardes en que el bullicio de los chicos se iba apagando, y quedaba solo el eco de las risas. Miraba alrededor, revisando que todo estuviera en su lugar. No por obligación… sino por cariño. Porque su dedicación no era trabajo: era una forma de estar en el mundo.


Había llegado después del servicio militar, con las manos llenas de futuro y el corazón dispuesto. Y se quedó. Años y años limpiando aulas, ordenando bancos, barriendo hojas que volvían a caer… como si supiera que la vida también es eso: insistir, cuidar, volver a empezar.


Su compromiso no hacía ruido, pero sostenía mucho. Más que un portero, fue refugio. Más que un compañero, fue parte del alma de la escuela. Siempre atento, siempre amable, siempre con una palabra justa o un gesto simple que hacía más liviano el día.


Cuando se jubiló, algo cambió. No fue solo su ausencia… fue ese silencio raro que quedó en los pasillos. Como si la escuela, por primera vez, no supiera del todo cómo seguir sin él. Aunque en el 2020, el intendente José Cheme lo homenajeó, muchos sintieron que era un merecido por tantos años de dedicación. Pero hay personas que no entran en diplomas, ni discursos. Que son más grandes que eso.


Hoy Joselo ya no está. Y sin embargo… está en todo. En el brillo de un aula recién limpia, en el patio ordenado después del recreo, en el eco de una risa que rebota contra las paredes, en esa sensación de hogar que todavía respira la escuela.


Porque hay personas que no se van del todo. Se quedan habitando los lugares que amaron. Y Joselo… sigue caminando, despacito, por cada rincón de su querida Escuela N.° 43.

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