Hernán Gerardo Duete tiene una facilidad en las palabras que asombra. Y no solo eso, el don de saber usarlas hace que, todas juntas, puedan emocionar y llegar a lo más profundo. Es así que, desde hace algún tiempo, nos tiene acostumbrados a describir vivencias, recuerdos y momentos que muchos compartimos, pero no sabemos cómo expresarlos.
En cada una de sus publicaciones hace su magia, y revive en cada uno anécdotas o vivencias relatadas con tanto respeto que acompañan sentimientos propios en cada uno. Aquí compartimos uno de esos tantos textos que llegan al corazón:
Un bello ángel de Empedrado
*Por Hernán Gerardo Duete.
Hoy aquel recuerdo volvió en sueños y desperté con un nudo en el pecho. Era una tarde común de diciembre, allá por el 2013, de esas que parecen no tener nada especial, cuando me tocó entrar de guardia en el Hospital Escuela. Todo transcurría con normalidad, hasta que sonó mi celular. Era mi esposa.
Cada vez que una ambulancia salía desde Empedrado, ella me llamaba, sabía que yo necesitaba saber. Me dijo con voz temblorosa que se había escuchado la sirena, que algo grave había pasado. Le respondí que aqui todavía no habían avisado nada, intentando calmarla y calmarme. Porque cada vez que suena una sirena en La Perla el corazón de cada familia se pregunta ¿no será un familiar?
Minutos después, mientras preparaba unos mates, alguien de administración comentó que venía una ambulancia de Empedrado en emergencia. Aparentemente, un accidente en moto, un joven. En ese instante sentí que algo dentro de mí se encogía.
Cuando la ambulancia llegó, bajó una madre destrozada, aferrada a la mano de su hijo. No la soltaba, como si en esa unión pudiera detener el destino. Solo se separaron cuando el chico fue llevado a emergencias. Yo entré unos minutos después, buscando datos para registrar el ingreso, y ahí lo vi… aún consciente, luchando por respirar, con la mirada llena de miedo y de amor.
Tomaba la mano de la doctora y entre lágrimas decía con voz entrecortada:
—Doctora… no puedo respirar…
Ella lo alentaba con dulzura, intentando sostener su esperanza:
—Tranquilo, ya te vamos a ayudar, resistí un poquito más…
El chico la miró, apretó su mano con la poca fuerza que le quedaba y alcanzó a decir:
—Dígale a mi mamá que la amo… y que lo intenté…
Fueron sus últimas palabras antes de entrar a cirugía.
Afuera empezaban a llegar más familiares: su papá, sus tíos, amigos, todos con la angustia reflejada en los ojos. Yo sabía lo que había escuchado, pero no tuve el valor de decirles nada. Solo me limité a esperar, con el alma en un hilo.
Pasó un rato que me pareció eterno. Luego lo trajeron… ya sin vida. Tapado con una sábana blanca, inmóvil, con una paz que dolía. La doctora, devastada, no podía hablar. Entre lágrimas, me pidió que fuera yo quien le diera la noticia a la familia.
Salí, caminé unos pasos que pesaban como una montaña, y con la voz quebrada les informé lo sucedido. Nadie está preparado para dar ni para recibir una noticia así.
Los acompañé a la morgue. Abrí la puerta. Y ahí estaba él, ese joven que minutos antes había peleado con todo por un respiro más, por un instante más de vida. La madre se arrojó sobre su cuerpo gritando su nombre, abrazándolo como si quisiera devolverle el alma.
Y yo, desde un rincón, no pude contener las lágrimas. Pensé que ese chico, en su último suspiro, había amado con una pureza inmensa. Que su último pensamiento fue su mamá. Y que quizás ella nunca escuchó esas palabras…
Porque aquel joven partió diciendo “mamá te amo, lo intenté”, y yo siento que ese mensaje debía llegarle, aunque sea tarde, aunque sea a través de estas palabras. Porque el amor verdadero no muere, solo cambia de lugar.
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