*Por Hernán Gerardo Duete.
Preparó su bolso con esa mezcla de silencio y tristeza que sólo entienden los que parten sin querer hacerlo. Sobre la mesa, su madre había servido tallarines con tuco. No había tiempo para sus milanesas con puré, pero ese plato simple, tibio, era un intento de retenerlo un poco más, de que llevara consigo el sabor del hogar. Él comió en silencio, mirando por la ventana, viendo su terreno, imaginando su futuro allí, donde soñaba levantar su propia carnicería, ese sueño que lo había acompañado desde que empezó a trabajar entre cortes y balanzas.
Amaba el fútbol. Arquero desde chico, con orgullo mostraba los trofeos de “valla menos vencida” que guardaba su madre en una repisa del living. En la cancha del barrio era más que un jugador: era el amigo, el que alentaba, el que sonreía hasta cuando perdían. Ese día, antes de irse, abrazó a su madre largo, profundo, como quien sabe que los abrazos no siempre vuelven.
Zarpó del puerto de Mar del Plata el 5 de junio de 2018 a bordo del Rigel. En la despedida, llamó por teléfono:
—“Viejita, nos vemos pronto.”
Esa fue su última promesa.
La noche del 8 de junio, el mar se volvió enemigo. El viento rugía, las olas golpeaban como montañas de agua, y a las 23:00 el Rigel emitió una señal de emergencia… luego, el silencio. Ni una palabra más, ni una frecuencia abierta, ni una respuesta en la radio.
Esa misma noche, en su casa, su madre no podía dormir. Algo dentro de ella se movía inquieto. Pero al día siguiente había fútbol —jugaba 20 Vivienda— y trató de distraerse preparando la ropa para ir a la cancha. A las dos de la tarde, cuando iba a salir, sus hijos estaban reunidos en el comedor. Bastó una mirada para entenderlo todo. No hubo gritos, sólo un dolor seco, un vacío imposible de nombrar.
Desde ese día, el tiempo se detuvo. Ella sigue esperando poder despedirlo como se merece. Nunca encontraron su cuerpo, y aunque el mar devolvió pedazos de historia, no le devolvió a su hijo. “Nunca bajamos los brazos —dice—, nunca perdimos la esperanza. Todavía espero que el mar me devuelva algo de él, aunque sea una señal.”
Porque no sólo se hundió un barco esa noche. Se hundieron sueños, risas, promesas, vidas jóvenes que buscaban un futuro mejor. En el barrio quedaron las vallas vacías, el arco sin arquero, el eco de los aplausos que ya no suenan igual. En la mesa, un plato de milanesas con puré sigue esperando… tibio, como un recuerdo que no se enfría.
Tres semanas después, el BIP Víctor Angelescu localizó el casco del Rigel a 92 metros de profundidad, cerca de Punta Tombo. Y allí, entre las sombras del fondo del mar, descansan también los sueños de aquellos hombres que partieron a buscar sustento y encontraron eternidad.
El mar los guarda, pero la memoria los mantiene vivos. Porque mientras una madre siga esperando, ningún hijo se hunde del todo.
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